Con un grito salvaje en el que parece salir de ti toda la cordura y autocontrol que te restaba, te conviertes en una bestia dominada por la sed de sangre. Golpeas con los puños en torno, astillando la madera, y sabes que si no sales inmediatamente de tu prisión para alimentarte, te abrirás las venas de las muñecas para beberte tu propia sangre y te devorarás a ti mismo para calmar tu hambre.

¡Sangre, sangre, SANGRE!

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